Esperaba como solo un inútil sabe esperar. Miraba hacia los costados tratando de enredarse con la mirada de ese rostro que él deseaba ver. Las calles siempre llenas de Santiago no eran de gran ayuda. Ya era un hombre de cincuenta años. Por su imaginación habían pasado imágenes de violencia. Era un pobre poeta que esperaba. Esperaba que apareciese una mujer que un día le mintió como tantas veces. Y le seguía mintiendo. Entonces encendió un cigarrillo. Dejó el libro que le llevaba de regalo y se dirigió a la estación del metro. Una vez que atravesó como siempre el ingreso al interior del recinto, bajó las escaleras distraídamente. Cuando el tren venía sobre él y cuando ya escuchó el pitazo inaudito se lanzó con la absoluta convicción de desaparecer definitivamente de este mundo.
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