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viernes, septiembre 21, 2007

SOBRE EL TIEMPO

Tal como vivimos, el factor tiempo se ha ido trasnformando en un bien escasísimo. Nadie tiene tiempo. vivimos atrapados en la cárcel del tiempo o tenemos encarcelado a Cronos para pretender instrumentalizarlo a nuestras anchas. Alguna vez escribí este poema:

TIEMPO.

Botes en la orilla.
Viejos pescadores
Perdidos
En el humo.
Fugacidad.
El
Aire
Oprime
Las
Manos.

El tiempo ha detenido
Su caravana.
Ahora retoma
Su camino de libertad
Lejos
De
Cronos.

Ahora se cubre de nieve el mar
Y sus pescadores en la orilla
Muertos.



Aludía, a través de estas palabras redactadas el año 82, a la vieja idea del tiempo apropiado por los seres humanos transformado en instrumento. El poema intentaba una descripción del instante simbólico de la liberación del tiempo. Y, en consecuencia, la desaparición de una "raza" fundada en su efecto más inmediato: el transcurso. Cronos como símbolo del tiempo atrapado, tiempo domesticado. El mito de Cronos es la domesticación del tiempo por los humanos. Triunfo de la razón. El tiempo doblegado. Un tiempo mítico doblegado fecundo cuando la humanidad iniciaba su ciclo. Tiempo mítico que persiste en los campos. Para este 18 de septiembre, día de celebración de la Independencia de Chile, me fui con mi familia al campo. Para mis dos pequeñas hijas, el tiempo fue infinito. Un día eran mil días de la Capital. ¿El tiempo liberado? El tiempo mítico ilusión de perpetuidad. El tiempo fecundo que para todo alcanza, incluso para soñar. Para dormir como si el tiempo no existiese, "a pierna suelta", diría Lihn, el poeta(1969, 25). Allí, en el campo, el tiempo tiene otro desarrollo, o la raza temporal alimenta al tiempo con otros ritmos. Nadie se apura. Todos se saludan, conocidos y desconocidos. Rememoro mis antiguas vacaciones en la ciudad de Iquique. una vez escribí que el tiempo se había detenido allá. La ilusión del tiempo detenido. Yo no estaba. Desaparecía un largo año y al retornar al puerto, percibía todo igual: tiempo detenido, burda ilusión, el tiempo subrepticiamente transcurría ídem para todos. El abuelo de mi buen amigo Gallegos ya no estaba. Mi madre hizo abandono del mundo. Un gran amigo, Ricardo Tello, el lobo estepario, Harry, como lo había denominado, con un poco más de curenta años, también hizo uso de un asueto permanente lejos del aquí-ahora. El pequeño puerto de Iquique con su tiempo detenido había dado paso a los ciclones de la urbe, aunque mantiene en sus rincones ese como estado permanente del tiempo, como si el tiempo en esa ciudad costera nortina chilena fuese también iquiqueño: todo el mundo, creo, duerme la siesta. El mar hace sus acrobacias frente a nanas con niños en brazos, mujeres estirándose no se sabe si para ser más largas o flexibles como las olas, hombres pescando lenguados, los infaltables cimarreros de siempre besándose con los pies hundidos en la arena y los dedos crespos como cangrejos, viejitos y viejitas leyendo, fumando, caminando, trotando, oficinistas que no se sabe por qué, pero están ahí, frente al espectáculo marino, sentados sobre la arena con un paquete en una mano y el saco de vestir lleno de migajas de algún dulce inefable, una luna, por ejemplo, o un chumbeque, quién sabe. A nadie parece importarle el tiempo. El tiempo se detuvo. No hay jefes, no hay esposas, no hay el hombre de la casa gritonéandolas a ellas, no hay "cabro chico" que ir a buscar a la escuela, no hay inspectores de colegios, no hay profesores, no hay un entrenador que, con cronómetro en mano, diga: ya, te alargaste cinco minutos una pierna, ahora la otra...nada...el tiempo se ha esfumado...el tiempo en el puerto se ha detenido. Pero sabemos que no es así, es sólo ese tiempo mítico fecundo como que para todo alcanza, porque luego ese oficinista lleva el paquete al correo, la nana regresa a preparar el almuerzo, los cimarreros se devuelven a sus colegios para que el bus amarillo se los lleve de vuelta a casa, el hombre que pesca un lenguado no pescó ninguno y vuelve a su jubilación militar subiéndose al auto para "taxiar" toda la tarde, los viejitos y viejitas se alegran por una mañana más frente al mar y el mar sigue con sus piruetas un poco más vertiginosas como si el tiempo no hubiese transcurrido, como que aquí no ha pasado nada. Mis hijas en el campo lo pasaron de maravilla: no hubo papá llamándoles la atención y apúrate que vas a llegar tarde al colegio, ni mamá, ya, son las seis y media de la mañana, a levantarse, a la ducha, ni profesora ni campanas o timbres, ni nada. El tiempo también se les detuvo. El tiempo mítico fecundo alcanzaba para todo: comer, jugar, dormir, subir cerros, pasear por la plaza, salir a las ramadas, comerse un anticucho, conversar, sobre todo conversar como si tuviésemos todo el tiempo. En el campo como en las pequeñas urbes el tiempo mítico fecundo por suerte, aún persiste.


En cambio, en la Gran Ciudad, en Santiago, nadie tiene tiempo. El tiempo no alcanza. Hay que hacer miles de cosas y apenas podemos hacer una o dos, con suerte: trabajar y trabajar. Pero, el tiempo es un bien extremadamente escaso. No sé cómo a los grandes empresarios no se les ha ocurrido negociar con el tiempo y, a lo mejor, instalar en pleno centro de la Capital una casona exclusiva para dormir una siesta, no para "echarse un polvo", sino para dormir la siesta, porque el centro ya está repleto de lugares para los amoríos veloces de las grandes urbes, polvos que se van con el viento y se pierden en el olvido...queda la pura satisfacción de la conversación velocísima, más aún ahora con lo del Transantiago, a las diez de la noche tomándose rapidito una cerveza con el amigote de siempre al que se le cuenta lo mismo de siempre y ese polvo olvidable a las dos de la tarde del que ya nadie se acuerda ni siquiera cómo olía el cuerpo del otro en el trance del coito, ni si el orgasmo fue múltiple, simultáneo, extremo o una pura eyaculación sin gusto a nada y luego, vístete rápido que ya son casi las tres, mi jefe otra vez me va a cagar y otra vez me va a chantajear y si no se queda... y no falta el soplón, el marica de mierda envidioso porque ninguna mina lo agarra ni en bajada y...tení que terminar todo esto antes de las cuatro y haz un cheque a la compañía tanto y...la locura...el estrés...y se te olvidó por completo el polvo..y cómo se llamaba el "güevón" y cómo era la "güevona"...¿olía rico?... ¿se depilaba?...¿tenía buen aliento?...el puro olor maldito del jabón del motel que no despista a nadie...y el estrés...y este tipo le puede decir a mi esposo...pero si hace como tres meses que llegamos rendidos a la casa y nada de nada...y una es humana...una siente deseos...una tiene ganas...y justificaciones para allá....justificaciones para acá...y el cabro chico que está repitiendo porque lo tienen hace un mes en la biblioteca porque no puedo ir a las citaciones del colegio...y...ah...no pagué la luz...mi vecino me miró con el caracho porque otra vez le pedí que me pagase la luz y el agua y el tv cable y el teléfono y la cuenta de falabella y almacenes parís y ripley...y la presto del líder..y me tengo que quedar otra vez a hacer horas extras una por la plata y otra porque el tiempo...el tiempo que no alcanza y llega el sábado...a las cuatro de la tarde llegando a la casa más cansado que un guerrero azteca durante la guerra florida...y te acuestas y papá vamos al parque y día domingo feria almuerzo patatín patatán se acabó la semana son las seis de la mañana calentar el auto caminar cinco cuadras para esperar el transatiago o el transnada, en el paradero está la mina de siempre, los tres hermanitos de siempre, la vieja con el perrito comprando pan, la nana que se atrasa como siempre, el auto que no parte, el cabro chico que a última hora hace una tarea...¿y la conversación? ¿Y los paseos al cerro? ¿Y el cine? Y...olvídate de leer un libro...y...no hay tiempo, nadie tiene tiempo, sólo algunos poetas que, como negros gatos de Baudelaire, se alargan, se estiran contra los primeros rayos del sol, observan el tráfago de la urbe, bostezan, dejan el lápiz sobre la hoja en blanco y se vuelven a dormir como si el tiempo no existiese, como si el tiempo por fin se hubiese liberado de Cronos.
Obra citada: La musiquilla de las pobres esferas, Enrique Lihn, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1969.



2 comentarios:

pintoras dijo...

Lo que escribes sobre el tiempo,es así ,hay días sobre todo cuando somos felices que el tiempo pasa rapidamente y es en el dolor cuando se hace eterno y sobre todo en la espera, tú lo graficas muy bien, solamente el alma de un poeta puede abstraerse de todo.

Sharkzas dijo...

malissimo